En mis andanzas por los caminos de esta vida conocí muchas cosas que ni siquiera imaginaba. Otras, descubrí que no eran aquello que pensaba saber. Tropecé muchas veces en las mismas piedras y mis manos se herieron en los mismos espinos más de una vez. Callos en los pies, grietas en las manos y arrugas en el alma. El viento que azota, el polvo que ciega, mientras nuestros labios resecos ansían por algunas gotas de comprensión.
Crucé y estuve en los caminos de muchas otras personas; unas más personas que otras. Algunas manos estreché entre las mías, otras me fueron negadas, pocas veces ofrecí mis manos al infortunio ajeno, y muchas veces mezquinas fueron mis manos.
Muchos fueron los colores de los ojos que vi. De unos recibí luz, de otros la ingratitud. Otros llenarán mis días con alegría. Oportunidades tuve de ofrecer mis ojos para otros pudieran ver a través de mis colores, y varias fueran veces que el color de mis ojos fue el gris de la indiferencia.
Palabras traídas por el viento contaron que muchas cosas existían en las orillas del camino y que muchos caminos más había para ser seguidos. Pero nunca les vi, pues los muros que construí a mi entorno me protegían de las intemperies del mundo. Gracias a ellos no conocí muchas tragedias, pero tampoco fui capaz de convivir con el vacío y sufrí más de lo necesario cuando los rayos cortaron los cielos y los truenos se hicieron escuchar.
En los altibajos de las batallas, muchas veces erguí mi escudo no reconociendo la presencia de los aliados, empuñé mi espada y ofrecí su lámina a las personas que me eran y son más caras. A ellas les impuse mis más duros golpes, les dejé marcadas sus frentes y cicatrices indelebles en sus almas.
Tuve pereza para sembrar, cultivar y cuidar algunos de mis sueños y deberes. La impaciencia fue muchas veces mayor que la necesidad de esperar el tiempo cierto de cada cosa. Por ocasiones sentí el sabor desagradable de las cosechas realizadas fuera de su tiempo y malgasté mis esfuerzos en tierras estériles dedicando tiempo a las personas que no me merecían, dejando a lo largo aquellas que siempre se hicieran presentes cuando ya no tenía más fuerzas.
Ejemplos y consejos me fueran dados por personas que se importaban conmigo. Estos los guardé en el cajón de mi soberbia y orgullo y sin cuestionamientos seguí al pie de letra las determinaciones de palabras secas como el papel que todo acepta.
Vueltas y vueltas en el desierto. Bajo el sol calcinante, sufrimiento sobre la arena ante la necesidad en reducir mi arrogancia y testarudez. Tardé mucho más de lo necesario en aprender que mucho de lo que pasamos la vida buscando esta muy cerca de nosotros, al alcance de nuestras manos.
Mientras recorrí caminos oscuros y vislumbré solamente las dificultades que muchas veces me puse por delante, me olvidé del trabajo de muchos que me antecederán y dejarán sus huellas como registros a ser reconocidos y analizados. Bastaba que yo fuera capaz de observar y aprender con los errores de los demás, pues nadie tendrá tiempo para cometerlos todos. Nos equivocamos mucho y nos dejamos llevar por superficialidades y banalidades que nos encadenan a pesos inútiles que nos impiden avanzar y crecer. Pero a pesar de todo eso aprendí algunas cosas.
Aprendí que mejor sería recoger nuestros lastres, deshacer nuestros nudos y dejar que el viento inflase nuestras velas para seguir siempre en frente, rumbo al futuro. Como los navíos, fuimos hechos para los grandes viajes que a pesar de muy duros, sorprendiéndonos con situaciones adversas, nos regala siempre lindas escenas y nos premia con el privilegio de conocer y hasta mismo convivir y aprender con personas maravillosas que muchas veces nos enseñan las mejores rutas para nuestras vidas y, además generosas que son se disponen en viajar lado a lado con nosotros. El ciclo de la vida nos impone una alborada, un desarrollar y un ocaso, deseo ahora poder terminar mi pasaje en los océanos de esta vida como los grandes navíos: actuante en medio a las grandes batallas por los objetivos que nos proponemos o en grandes travesías del conocimiento, pero jamás ancorado en un puerto con temeroso por no saber lo que me reserva el horizonte.
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